Las niñas leen. Llevan gafas y tienen pecas.

Yo leía, a veces escondida con una linterna bajo las sábanas.

Y no sólo leía. Miraba pelis y me imaginaba ser Indiana, no la chica que se maquilla LOVE en sus párpados, sino Indiana, el de verdad. También jugaba al fútbol y soñaba con ser piloto, capitán garfio, un científico loco y en mis sueños volaba. Y mientras todo eso ocurría iba al museo a ver cuadros de colores. Y seguía al pie de la nota los conciertos que mi abuelo escuchaba.

Crecía y continuaba leyendo. Me agarré a una cámara de fotos con la que entré a Bellas Artes. Y entre taller y taller descubrí el linograbado. Me compré un plancha de blue carving y una gubia y me fui a París. Viví tres años devorando libros, salas de museos y *chouquettes. Acompañada de una cajita que se llenaba de sellos poco a poco. Sellos de todas la medidas y con mil formas.

Hoy esta cajita se ha vuelto un cofre lleno de torbellinos de ideas, de gatos trepando a los árboles, de tormentas al borde de un faro. De frases que brillan como el oro, sacadas de bocas de mujeres. De nubes que se vuelven trazos. De notas invisibles de poesía. De manos llenas de tinta. Y de sellos, sellos y más sellos. 

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